martes, 7 de junio de 2011

Esto sucedió mientras Santiago no estaba, y Laura lo remplazaba

No veo los demás no veo a mi lugar no veo los pies moviéndose si los veo pero no moviéndose no subo no asciendo no tengo el control me ha ganado el venado me ha ganado el cerebro - Ellas no se mueven solo yo lo hago ¿o es al contrario? ¿por eso no avanzo? ellas circulan mientras mientras yo estoy quieta mirándolas mirarme con burla - Te odio escalera déjame llegar a donde quiero te odio ¿qué has hecho? venado envenenado ¿qué es lo que miras? estas acostado con aire bobo no me dejes sola solo mírame caminar quieto - No son estos mies píes ¿acaso no son estas mis manos? ¿mis dedos? ¿mis piernas son tuyas venado? las has cambiado para que no vea tu secreto escondido - No es cierto lo quiero - lo necesito deja de reírte venado - mira el salto mira como lo hago mira te veo no te vayas mírame ya casi te alcanzo - Siento el cerebro volando pero mis alas no me obedecen no paro de subir las escaleras no puedo hacerlo porque no quieres que lo haga te vas dejándome  atascada con unas piernas ajenas me dejas sola sin el poder de controlarlas - Ellas se burlan tú te burlas y te vas ni siquiera ya se que soy no se en que lugar me has metido me invades y poco a poco dejo de sentirme angustiada por no ser yo me siento bien de que estés adentro me siento bien de haber abierto tu caja de tener tu llave venado ya empiezo a no preocuparme por no subir de repente lo he hecho contigo he salido del cuerpo estancado lo veo desde el cielo has entrado venado te veo en mis ojos y en mi lengua - no se siente mal ahora soy quien se burla de ese que esta ahí sin poder seguir soy yo quien te observa - Te quiero venado por haberme convertido en ti - Por haberte adentrado me voy te dejo solo con tus escaleras cuerpo yo ya soy otro cerebro otro cuerpo yo ya subí y vi mi secreto y no te voy a esperar porque sé que cuando estés arriba yo ya no te conozca ni me interese hacerlo te dejo atascado venado atascado como yo antes lo estuve te dejo y no me importa maldito venado envenenado- 


Cabe decir que la falta de puntuación es parte de este experimento. Además de que no recuerdo haber escrito muchas cosas que están aquí... Un placer conocerte Laura.


sábado, 23 de abril de 2011

Carta a un anónimo.

Mmm... ¿algo molesto?: Tú. Mal lector en voz alta. ¿Molesto?: Que te guste leer tantos, tanto, que te crees que los haces bien. Pero la cruel realidad, es que haces a todos agachar la cabeza; haces a todos distraerse. Ni siquiera es posible quedarse dormido, pues tu voz es como un taladro que no deja en paz el cerebro.
Es tan triste toparse con seres como tú. Y es que me siento como el ser más villano escribiéndote y confesándote la verdad, me das pesar.
No lo  logras compañero. Por más interesante que sea el libro, tú lo haces aburrido, lento, pesado. 
Lo peor, es que eres de esos que ronda la biblioteca los viernes en la tarde, para una lectura poco exitosa.
Mira lo que me has hecho escribir, una carta de puro desprecio a tu voz asesina. 
¿No te das cuenta de los demás?, mira sus ojos volteados, les produces aburrimiento, odio. 
Admiro al que se atreve a decirte : "¡NO MÁS! es mi turno de leer". Seguro todos quisieran decirlo, con tal de no oírte más, pero los valientes son pocos. Tendrán miedo de que alguien tan malvado les escriba una carta como esta. 
Siento ganas de cerrar tus ojos, cansados, arrugados, casi tristes. Se mueren con cada letra de ese libro, ése, que tiene que aguantar que sus palabras (tal vez muy mágicas) salgan en ese tono, de esa manera. Aguantarse que los demás no lo puedan disfrutar por culpa de otro. 
Lineas de aburrimiento salen de las múltiples cabezas...
Sé que disfrutas leyendo para los otros, pero nadie disfruta de ti. Por eso me das lastima, por eso nunca he sido capaz de decírtelo a la cara.
Pero ya eres mayor, y es muy cruel negarte tu pasión. Así que simplemente callaré y seguiré escribiendo cartas de odio a tu voz alta, a tu  lectura vacía. 


Tu siempre fiel odiadora. 

lunes, 11 de abril de 2011

A TI SAL

Querida sal:
ya sabes que nuestro amor,
como muchos otros de la historia, ha sido prohibido desde el principio.
Pero tu blanco encanto me ha conquistado hasta el día de  hoy,
que he de decirte adiós.
Amada mía, no te preocupes, es solo un momentáneo despido.
Ten por seguro que nos volveremos a encontrar,
pues eres fantástica con el huevo,
y el sabor que le das al limón te hace aún más especial.
Te extrañaré y en mi mente vivirás hasta un nuevo encuentro.
Realmente lamento decirte adiós, pero ya se lo que tramas.
Te he visto conquistar a otros conocidos y llevarlos a donde no quiero llegar.
Así que tu magia de sirena, he decidido no oírla más.

Recuérdame  siempre.
Att: Tu fiel admiradora.

martes, 5 de abril de 2011

martes, 22 de marzo de 2011

El árbol




Todos los días, a las cuatro en punto de la tarde, o a veces cuatro y cinco, pasaba por este árbol. Ni una sola hoja en él, ramas frágiles y tronco delgado. No había nada, absolutamente nada alrededor de él, excepto claro la vía por donde pasaba yo y lo veía. Algunas veces me llamaba más la atención que otras, sobre todo cuando el sol le apuntaba y reflejaba su sombra contra los amantes que allí se besaban. Varias veces los vi, hasta una vez los vi jugando con un columpio que ellos mismos habían hecho con una llanta y una cuerda bien sujeta a una de las ramas del árbol. Votaban toda su magia y amor ahí, que era tan fuerte que hasta me llegaba hasta lo más recóndito de mi mente y me hacia preguntarme, o más bien imaginarme toda una historia de los pocos años que habían vivido hasta ahora estos personajes. Él no tendría más de once y ella más de nueve. Ellos eran mis preferidos, aunque las otras personas que visitaban el árbol también eran interesantes. Iban cuatro muchachos, todos los viernes se reunían maliciosamente. Una vez vi salir un revolver de la mochila de uno de ellos, tenía la cara pálida, diez veces más pálida que el resto. Miraba hacia el piso con nervios, saco su arma y se la entrego al que parecía ser el líder. “El líder”… así fue como yo lo llame. Siempre me intereso saber su nombre, pero nunca fui capaz de preguntárselo. De todas las personas que vi bajo el árbol, él fue el único que me vio a mí. Cada vez que pasaba, él me miraba y yo a él. Era alto, con su pinta de chico malo, parecía no tenerle miedo a nada, me gustaba. Solo una vez soñé con él; soñé que mi alma se escapaba de mi cuerpo y se encontraba con él, me ofrecía una torta de frutas, mi postre favorito, yo me lo comía con gusto, pero cada vez que daba un mordisco me salía un chorro de sangre por la boca, finalmente morí desangrada, y él se bebió toda mi sangre. ¿Cómo se llamará?, esa era la pregunta que siempre aparecía en mi mente al verlo. Una vez Antonio, el que se hacía llamar mi mejor amigo,  me acompaño en el camino. Pasamos por el árbol y allí estaban esos cuatro, “el líder” me vio, Antonio se dio cuenta y me cogió la mano con fuerza, obligándome a levantarla y mandarle un saludo. Mis cachetes se pusieron rojos de la pena que me dio, y el  imbécil de Antonio no podía de la risa.
Pasaban muchas cosas debajo del árbol, era como una obra de teatro y yo su única espectadora.
El veintiuno de octubre, un miércoles, a las cuatro y media, el único día que iba tarde, vi el suceso más deplorable de todos.
Pasaba y vi a Helena, una de mis compañeras de clase. Helena era una niña que no me caía muy bien. Antes éramos las mejores amigas, pero cuando llego Lucia al colegio, se volvió una engreída, drogadicta y promiscua. Se alejo de mí porque su mayor prioridad era tener relaciones sexuales con viejos verdes de cuarenta. A pesar de eso y de su drogadicción, no se le veía nada deteriorada, incluso se veía mejor que antes. Consiguió un novio, Ricardo, un tipo de unos veinte años, alto, flaco y jorobado, pero muy buena persona. La amaba y ella a él. Helena se alejo de Lucia y del colegio, faltaba más a clases porque ahora solo se la pasaba con Ricardo, aun no había dejado las drogas por completo pero ya no lo hacía tanto.
Ese miércoles salí tarde porque me quede hablando con Ricardo que obviamente estaba con Helena, pero Helena salió media hora antes que nosotros, le dijo a Ricardo que tenía que irse porque le tenía una sorpresa. Se le veía tan contenta desde que se había alejado de mí. Parecían haber sido sus mejores años, eso fue precisamente lo que me dijo cuando estábamos hablando Ricardo, ella y yo. Igualmente yo ya lo había notado. Mire el reloj y me di cuenta de que ya iba tarde, me despedí de Ricardo y él de mi y finalmente me fui.
Pasando por el árbol me detuve, el sol brillaba más que siempre, y en la silueta se veía algo más que las simples ramas del árbol. Era helena, se había ahorcado. Su cuerpo se balanceaba con una brisa que pasaba por ahí. Me quede mirando y analizando su cuerpo flaco, caído y escurrido, y su cara completamente morada. Me produjo una risita burlona verla, supongo que fue por todo el rencor que siempre le tuve por haberme olvidado por Lucia, no me importaba nada que se hubiera muerto. Seguí con mi camino y no le dije a nadie lo ocurrido. Al otro día Antonio  me comento algo al respecto, no le hice caso. A la semana escuche que Ricardo se había suicidado por helena, tal vez fue un chisme, o a lo mejor fue verdad. Helena no merece que alguien muera por ella, así que siempre dije que había sido un chisme, aunque nunca hubiera vuelto a ver a Ricardo.

Una Familia de once personas descubrió el árbol hace poco. Nuevos personajes de mi obra.
Los domingos se reunían a hacer picnics y gritarse unos a otros. Eran los más cómicos de todos.  Siempre el padre, el macho alfa, les gritaba a sus hijos y esposa. El tipo era uno de esos que dejo embarazada a su mujer y “se les acabo la vida”. Machista, gordo, con un espeso bigote negro. Su mujer, Regañona, amargada, todas las noches sueña diferentes maneras de aniquilar a su esposo. Cada cual con su respectivo amante, él, millones de prostitutas, ella, el mejor amigo del hijo mayor. Los niños, cuatro hijos. El mayor de diez y ocho, le sigue el de catorce, la hermana de trece, que vive su adolescencia pensando que es rebelde y no tonta. Y finalmente una niñita muy linda de dos años que aun no sabe nada de su horrenda familia.
El mayor sabe la relación de su madre con su mejor amigo, pero no se atreve a decir nada.  El de catorce pelea todo el tiempo con su hermana y prácticamente es su padre en pequeño.
La abuela, no podía faltar, está loca y no se parece a nadie de la familia. Y finalmente el hermano del esposo, con su respectiva mujer y sus dos hijos, que son grandes amigos de Jennifer y Albertico Junior, así nombre a los hijos del medio.
Esta Familia me divertía mucho, eran realmente patéticos. Hasta una vez invite a Antonio a verlos y reírnos juntos, y efectivamente así paso. Ese día fue cuando Antonio me confesó que me amaba, yo me quede callada unos diez minutos hasta que le respondí que yo no lo amaba, que yo amaba a “el líder” y a nadie más. Él me contesto que ya lo sabía, pero que eso no iba a cambiar lo que sentía por mí, no le dije nada, de hecho no hablamos en días. No me hizo falta.
Era otro viernes y yo iba ansiosisima por encontrarme a los cuatro maliantes y a “el líder”, moría por mirarle sus ojos. Cuando llegue no estaban, no había nada, el sol apuntaba pero no había sombra. Ya no estaba el árbol, ni tampoco “el líder”. Ya no volvería a ver a los amantes de once años.  Ya no estaba el espíritu de Helena. Ya no me reiría de la familia. Ya no quedaba nada, nunca más nada. Me quede ahí hasta que anocheció y se cerraron las cortinas del escenario.
                                                                                                                                             

lunes, 21 de marzo de 2011

Cuento Ajeno.

Éste es un cuento de mi primo Simón, aquí lo comparto para el que lo lea.




Morirás cagando
Él iba, el perro venía. O el perro iba y él venía. El perro no era muy gordo, tampoco muy flaco. Él, en cambio, era decididamente flaco. Se toparon casi a la mitad de la cuadra, frente a un alto portón de pintura verde descascarada. Espontáneamente, el perro cambió su rumbo y rozándolos con su pelaje blanco, se acopló al ritmo impuesto por los largos pantalones marrones que él llevaba puestos. La calle, a esa hora, estaba desierta. Una luz blanca daba forma sobre la puerta grande de metal de la farmacia, en la esquina. Sólo el perro y él, ahora juntos, atravesaban la avenida, hacia el centro.
Habían avanzado dos calles cuando él, acostumbrado ya a la presencia del perro, empezó el relato. La voz aguda salía de su boca silenciosamente, casi como si hablara para sí mismo. Las palabras apenas llegaban, echas ruido, murmullo, a las orejas levantadas del perro. La historia, más o menos resumida, decía esto:
Que un hombre vive solo en el monte. Es, sin saberlo, una suerte de ermitaño. Con los años, por su casa alejada de rutas y caminos, empiezan a cruzar algunas tropas. En ocasiones son de un bando, en ocasiones son del otro. No faltan, aunque más esporádicamente, los que pasan diciendo que son de un tercero. Van y vienen, sin cruzarse entre ellos, y él, sin mayor disgusto, les sirve alguna de sus gallinas o les llena sus cantimploras con agua fresca y hasta les brinda leche que ha ordeñado en la mañana. Años pasaron así en los que pocas semanas terminaron sin haber tenido visitas de este tipo. Si no era el lunes era el martes; si no era el jueves, era el sábado. Y si no, el domingo. Una que otra vez no vino nadie, tal vez por la tormenta, tal vez por ser feriado.
A la larga, el hombre se acostumbró al paso de las tropas, sin preocuparse de qué bando eran los unos, de cuál eran los otros. Hasta que dejó de distinguirlos, y empezó a confundir a los unos con los otros, a los otros con los unos, y se le fueron difuminando sus rostros, sus uniformes, sus acentos; sus nombres se voltearon de uno al otro lado y todos se volvieron de los mismos. Los unos empezaron a ser los otros, los otros empezaron a ser los unos. Todos eran para él simplemente extraños. Cuando los oía venir por algún lado del monte y salía resignadamente a buscar la gallina para esa noche, ya estaba esperando profundamente que se fueran.
Una tarde que volvía de recolectar leña para la noche, encontró a cuatro dentro de su casa. Nunca los había visto antes. Tenían todo reburujado: los cajones de la despensa tirados en el suelo; la mesita de noche, en donde tenía una lámpara para iluminarse antes de dormir, estaba bocabajo, sin una de las cuatro patas; la ropa, toda hecha una montonera, hacía bulto sobre la cama destendida. De ahí en adelante todo fue a los gritos. Lo agarraron y lo amenazaron. Lo amarraron a una silla, le hicieron preguntas. No le pegaron. Nunca le pegaron. Las cuerdas con las que tenía atadas las manos empezaron a apretarle las muñecas. Horas después ya no las sentía. Sus dedos colgaban por su espalda, rojos, morados, grises.
Y éstos dele y dele con la preguntadera. Entran y salen. Van y vuelven. Entran. Preguntan. Vuelven. Salen. Vuelven. Entran y preguntan. Y el hombre no sabe qué responder, cómo responder, desde dónde responder. Unas horas más tarde y con el susto carcomiéndose su cuerpo, el hombre se orina encima. Todo lo que siente es un calor tremendo, su humedad. La orina baja por su entrepierna hasta formar un charco en el suelo. Le comienzan a picar los muslos. Pide, sin que le oigan, que lo desamarren para rascarse. El calor aumenta. Se le viene encima el desespero. Uno de los cuatro, el más bajito, lo nota en su rostro y se acerca para preguntarle a los gritos qué le pasa. El hombre murmura. Lo desatan. Se rasca un muslo. Se rasca el otro. Y aprovecha, por una determinación que un segundo antes no se le había pasado por la cabeza, un descuido para salir corriendo. No alcanza a cruzar la puerta. El más grande, el que con más fuerza le había gritado, lo detiene por la espalda. Le da la vuelta y de un solo tirón lo deja sentado de nuevo en la silla, con los pies sobre el charco de su orina. El hombre cae inconciente, no por el golpe sino por el miedo. Cuando despierta, ya no tiene solamente atadas las manos (sus dedos vuelven a ponerse rojos, morados, grises), sino que además, la cuerda con la que suele amarrar la leña le da tres vueltas por el vientre, inmovilizando su tronco, apretándolo. Presionándolo. Exprimiéndolo. El dolor es tan fuerte que ya no siente nada. Afuera, la noche empieza a refrescar. Los cuatro que van y que vienen, que entran y que salen, caminan de un lado para otro de la casa. Miran sus relojes y se acercan al hombre para preguntarle con mayor insistencia. Le hablan fuerte, desde cerca. Él sigue sin saber qué responder, cómo responder. Ya está oscuro, afuera. Adentro apenas una lámpara (la de la mesa de noche) está prendida. Los cuatro salen, entran, van y vienen, nerviosos. Hablan entre ellos. Salen de nuevo y callan. Sólo se oyen las chicharras. El hombre respira agitado, con miedo. Su estómago no aguanta más. Tiene que cagar. Murmura algo que nadie alcanza a escuchar. Silencio. Chicharras. El hombre vuelve a murmurar, esta vez con más fuerza. Inútil, nadie lo escucha. Los cuatro están afuera. Silencio. Chicharras. De repente se oyen disparos. Cada vez más y más y más disparos. La cuerda alrededor de su vientre lo presiona cada vez más. Su estómago se inflama, a punto de estallar. Chicharras, disparos. Silencio. La presión aumenta. La cuerda continúa exprimiéndolo. Ya no puede más. Se caga. Chicharras, chicharras, sólo chicharras se escuchan. Después, silencio. Ya no se oyen más los disparos. Silencio. Unos minutos más tarde, entre las chicharras, oye voces que gritan, alejándose. Oye voces y chicharras hasta que sólo quedan las chicharras. La presión de su estómago se reduce. Ya no es tanta. Siente, después de todo, un alivio. Sus manos, sin embargo, siguen colgando, atadas, de su espalda.
El perro se detiene en el mismo instante en que el hombre detiene su relato. Se rasca con la pata una de sus orejas y sale, de improviso, corriendo, atravesando la calle sin preocuparse si vienen o no vienen carros. El hombre sigue caminando, despacio. No sabe todavía para dónde va.

jueves, 17 de marzo de 2011

Experimento.

Realmente no se porqué, pero siempre he pesando que algún día de mi vida voy a olvidarme de todo y de todos. Así de repente, quedarme sin memoria. De hecho confieso que me gustaría, pero pienso que llegaría a ser algo arriesgado. Pero existe ESTE objeto, el cual es importante para mí porque sé que me ayudaría a recordar todo eso que olvidaré. Este objeto no tiene ninguna historia, en cambio hace historia, (que en mi caso es algo realmente esencial, por aquellos "problemas de memoria" que tengo)
Lastimosamente es muy arriesgado perder la memoria, queriendo guardarla por medio de este objeto; para luego tratar de recuperarla  con ayuda de él. Porque lo más seguro es que toda esa memoria guardada sería borrada por una "memoria" nueva. Una nueva historia, que no sería precisamente la original. Y ésta (la original) quedaría abandonada en algún lugar de la existencia y probablemente nunca será recuperada, lo cual es una tragedia. Creo que ese sería el único riesgo, (hasta ahora). Un riesgo interesante. Interesante porque todo lo que dije antes sería estúpido. Toda esa idea de perder la memoria y luego recuperarla ya no tendría ningún sentido.
Por otra parte, podría haber escogido otra forma para recuperar mi memoria, como por ejemplo las palabras. Dejar escrito todo lo que me interese recordar. O simplemente que alguien me cuente como eran las cosas antes de tener mi terrible accidente de memoria.
Pero eso no sería suficiente, no alcanzaría para mi propósito. Comenzando porque un... lo que llamariamos "diario" no contaría sino lo que yo quisiera que contara. Ademas, no se, pero esta idea de tener un diario siempre se me ha hecho tonta, (perdón para los que tengan uno).
Y también, cómo poder confiar que mis amigos del futuro podrán contarme todo como había sido antes de (repito) mi accidente de memoria. y...claro, esos amigos del futuro no podrán contarme mi pasado pasado, es decir mi presente en este momento. A menos que siga con algunas amistades que tengo ahora. Pero ni siquiera ellos podrían ayudarme a recordar como veo las cosas en éste momento.
Y ahora que escribo ésto, me doy cuenta que perder la memoria tiene muchas complicaciones y tampoco una fotografía (que es el objeto importante, para los que no lo habían adivinado), podría ayudarme con (repito) mi accidente de memoria.